martes, 11 de junio de 2013

Quien recibe a los niños antes de que se caigan al vacío.

 Terminé de leer Catcher in the Rye (Guardián en el centeno) después de una larga y cansadora jornada, podría decir escolar pero esta se encontró llena mucho más que de estudios. Dentro de una habitación llena de música y aire que solo es soportable cuando se llevan ochenta paginas de libro y tan solo quedan 30 para terminar.
 El dolor de cabeza acompañó la lectura en todo momento, lo que en cierto modo le daba su propio toque demencial a este libro, que, como todos sabemos, fue censurado en los Estados de arriba (no por su gran sentido del humor y su maravillosa manera de relatar lo que atormenta a este joven).
 Comencé el libro sin tener mucha noción de lo que leería, gracias a esto después de los primeros dos capítulos comencé a creer que el libro no sería de mi agrado. Su manera de narrar y el estado mental de quien era protagonista (evidente en el inicio pero suavizado por los siguientes capítulos) producían en mí unas ganas de dejar de leer e ir a encender la manguera de mi patio delantero para crear un arcoíris. A medida que avancé Holden se volvía más amigable, ahora que lo pienso lo más probable es que yo me haya vuelto parecido a él y no él a mí. De todas maneras el libro daba a conocer la personalidad e íntimos pensamientos de este adolescente con el que todos los lunáticos se sienten identificados de manera bastante peculiar, suave pero caótica, ordenada en su modo, desquiciada en otro.
  Después de leer este texto encontré en internet una sección de la película Six Degrees of Separation en donde Will Smith deleitaba con su opinión del libro (me costó entender si el afroamericano estaba solo revolviendo el gallinero de los cuicos).





Si mi misión fuera recomendar el libro lo haría de todas maneras.

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