No puede ser llamado de otra forma el simple hecho que ocurre cuando
se camina hacia tu destino, al que debiste haber llegado diez minutos antes, y
tener la disposición de cruzar la calle pero que esta sea estorbada por una
ambulancia resonante que se apodera de la calle a una velocidad impresionante,
que no impresiona por sobrepasar las reglas que todos usualmente quebrantan
bajo los efectos del alcohol, sino por su lentitud frente a la roja luz que
solo llama la atención de quienes por obligación deben respetarla.
Caminaba bajo las luces que iluminaban la calle, o que por lo menos
deberían hacerlo, cuando me aproximé a un semáforo que de rojo pasó al color
verde. Casi sistemáticamente escuché el sonido de una ambulancia que se
aproximaba por la calle de un solo sentido que yo pretendía cruzar. Y ahí me
mantuve, dirigí mi vista hacia el lugar de donde venía ese sonido muchas veces
insoportable y vi emerger una naranja ambulancia, que venía a una velocidad
prudente, pero que al llegar al lugar de la intersección, bajó su velocidad.
Pasó frente a mí como burlándose, como diciendo: "Yo también puedo tomar
un descanso mientras trabajo, ¿o no?". Cuando pasó se desvaneció, creo que
doblando por la cuadra siguiente, no estoy seguro. En ese momento la luz cambió
a roja y ahí me mantuve.
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